Voices Unheard

Historias vivenciales en los sitios más contaminados de Arizona

Por Clara Migoya

Denise Moreno Ramirez tenía 10 años cuando su pueblo apareció en la primera plana de USA Today. Era el final de la década de los 80s y Nogales, Arizona se enfrentaba con severos casos de lupus y cáncer por beber agua contaminada. Las maquiladoras, industrias que ensamblan electrónicos y autopartes, llevaban años trabajando en la frontera, atraídas por políticas favorables como la mano de obra barata y los privilegios de importación.

Al tiempo que la economía crecía en Ambos Nogales, también lo hacía la descarga desregulada de tricloroetileno (TCE) y otros solventes cancerígenos.

 “La frontera no paraba la contaminación,” dice Moreno, “Iba y venía sin pasaporte.”

Cien kilómetros al norte, Tucson vivía una historia parecida. Sería una historia que Moreno conocería de manera íntima casi veinte años más tarde como coordinadora del Programa de Investigación de Superfund de la Universidad de Arizona y luego durante su proyecto doctoral, jugando un papel clave en la preservación de la historia oral de varios vecinos del Aeropuerto Internacional de Tucson a través del proyecto Voices Unheard.

Todo empezó con quejas ciudadanas. Los vecinos al oeste del aeropuerto reportaban que el agua que estaban tomando desprendía un olor químico.

En 1981, la ciudad de Tucson y la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) encontraron cromo, cadmio, cianuro, TCE, 1,4-Dioxano, y otros solventes químicos en el agua subterránea — la única fuente de agua para más de 47,000 personas. Dos años después la ciudad cerró de manera oficial 11 pozos y en 1984 el Área del Aeropuerto Internacional de Tucson (TIAA, por sus siglas en inglés) se volvió un sitio prioritario de remediación (superfund site) por decreto de la EPA.

Se sospecha que fueron más de 20 industrias las que contribuyeron desde 1942 a la acumulación de contaminantes en el sur de Tucson; produciendo aeronaves y electrónicos, realizando simulacros contra incendios y desechando químicos de manera desregularizada. Hughes Missile Systems (ahora Raytheon) vertió enormes cantidades de solventes y desengrasantes en la zona. La compañía ha enfrentado varias demandas por parte de residentes que presentan numerosas enfermedades por exposición crónica. Los daños a la salud de los vecinos siguen siendo estudiados hoy en día.

El sur de Tucson ha sido reconocido como uno de los sitios más contaminados del estado, de acuerdo al sistema de clasificación de la EPA. La culpa, al igual que en el pueblo de Moreno, recae en la descarga clandestina de tóxicos cerca de barrios predominantemente latinos y de bajos recursos.

A pesar de toda la evidencia médica que indicaba que la operación de las maquiladoras y los casos de lupus y cáncer se concentraban en el mismo sitio, el barrio de Moreno nunca obtuvo una designación de sitio Superfund.

Moreno estaba en su último año de preparatoria y se sumó al club de ciencias. Entender más sobre los problemas que enfrentaba su comunidad la llevó a trabajar como voluntaria en ambos lados de la frontera con programas de reforestación y educación ambiental.

En esa misma época, un grupo de investigadores de salud pública de la Universidad de Arizona se acercó al club de ciencias para pedir apoyo. Necesitaban que los estudiantes les ayudaran a conseguir participantes para un estudio que monitoreaba los impactos de salud causados por las maquilas. Moreno y sus compañeros empezaron a tocar puertas en la comunidad, repartiendo trípticos y hablando con los vecinos. Después de esto, nunca volvieron a oír de los investigadores. Ella cree que la investigación fue publicada, pero nunca vio los resultados.

Esta, dice Moreno, fue una experiencia la marcó profundamente y la empujó a convertirse en científica e investigadora. Hoy se encuentra a un paso de su disertación doctoral en Ciencias Ambientales y Antropología Médica por la Universidad de Arizona.

“Podrían haber hecho más por nosotros,” dice Moreno. Piensa en su escuela y en las pocas oportunidades que su generación tenía para acercarse a la ciencia. Cree que esa era una oportunidad para impulsarlos hacia áreas de investigación y salud pública.

“Eso no me gustó. Entonces pensé ‘¿Sabes qué? voy a ser científica ambiental, porque no hay gente que se ve como yo aquí (en la academia) o que tenga mi experiencia y como yo crecí.”

Moreno es fronteriza. Se crio en ambos Nogales, yendo y viniendo entre Sonora y Arizona para estudiar o visitar a su abuela. Reconoce que pocas personas saben lo que es crecer así, “viendo el muro”.

“La gente no entiende que la frontera es una zona muy especial,” dice. “Esa cultura no existe en ningún otro lado.”

Moreno hace investigación a su manera. Por casi veinte años ha estado involucrada en investigación comunitaria de base en la frontera, trabajando con distintos actores y tomadores de decisiones.

En 2018, junto con otras dos investigadoras latinas de la Universidad de Arizona, cofundó CampCIENCIAS, un programa de educación científica para niños y niñas fronterizos.

El primer paso lejos de la frontera para formarse como científica, no fue fácil. Pensaba que sabía lo que era crecer en Estados Unidos hasta que tuvo que salir de Nogales. Fue como cruzar otra frontera, dice.

            Obtuvo un título en ciencias ambientales de la Universidad del Norte de Arizona, donde tuvo que aclimatarse tanto al frío como a una vida escolar lejos de casa. Experimentó el shock cultural y lingüístico de una ciudad universitaria predominantemente blanca. A pesar de ello, probó estar a la altura y comenzó a trabajar en un proyecto de laboratorio bajo la dirección de Michael Ort, profesor de la Escuela de Tierra y Sustentabilidad, haciendo pruebas de resistencia a metales pesados en plantas.

Hoy en día la línea de investigación de Moreno se ha expandido para incluir disciplinas como etnografía, manejo de cuencas hidrográficas, política pública, facilitación comunitaria e investigación en salud pública.

Ort, quien fue uno de los primeros profesores de licenciatura de Moreno, no se mostró sorprendido sobre su lista de logros. Sabía que Moreno era un caso inusual con gran facilidad para la investigación interdisciplinaria.

“Debe existir una comodidad de fondo hacia lo desconocido, con no trabajar con una red de seguridad debajo tuyo,” dice Ort, “Lo que es increíble de Denise es que lo hace en áreas de trabajo mucho más amplias.”

Moreno eventualmente volvió al sur del Arizona.

Mientras estudiaba una maestría en manejo de cuencas hidrográficas en la Universidad de Arizona, empezó a trabajar para el Centro Udall de Estudios de Políticas Públicas, en la misma institución.

Su trabajo como investigadora especializada era trabajar como organizadora comunitaria con numerosos actores y tomadores de decisiones en el concejo de cuenca de Cananea, Sonora. Ayudaba a establecer el diálogo entre mineros, agricultores, amas de casa, autoridades gubernamentales, agencias ambientales y Grupo México —la compañía minera más grande del país que tan solo unos años después sería la responsable de uno de los desastres ambientales más grandes de la historia de México; el derrame de más de 40,000 de metros cúbicos de sulfato de cobre en el río Bacanuchi y Sonora.

 “Era muy buena en el trabajo con comunidades subrepresentadas en la frontera porque tenía conocimiento sobre áreas muy diversas,” dice Ort.

“Tiene la ciencia, el área cultural y lingüística y además tiene la habilidad de ir y hablar con supervisores, políticos y el público. Eso requiere una habilidad para ver el mundo a través de los ojos de otros. He visto a Denise hacer eso.”

En el 2005, Moreno se involucró e la investigación del sitio Superfund del Área del Aeropuerto Internacional de Tucson. Como coordinadora del programa de investigación Superfund de la Universidad de Arizona, se involucró con los actores de la Junta Consultiva de la Comunidad Unida (UCAB, por sus siglas en inglés), un grupo constituido por representantes de la EPA, vecinos y agencias, incluyendo a la Comisión de Agua de Tucson, quien supervisa la remediación del área afectada.

Moreno atendió a todas las reuniones de la UCAB cada tres meses, por casi 10 años. Escuchaba atentamente. Eventualmente identificaron que existía la necesidad de recabar la historia oral de los vecinos del sur de Tucson. Al escuchar las historias de aquellos afectados por la contaminación, sabía que debían preservarlas. Sus historias no podían ni debían ser olvidadas, dijo ella.

Esto la animó a ingresar a un doctorado en Ciencias Ambientales y Antropología Médica y comenzar un proyecto de disertación dedicado a preservar esas voces.

“Los sitios superfund no solo tienen una historia de contaminación, sino también de investigación, de activismo, de enfermedad,” escribe Moreno en la introducción al sitio web de Voices Unheard.

“Cuando se habla de los impactos de la contaminación, todas las voces cuentan.”

Enfocándose en la historia de sitios contaminados de riesgo ambiental y en la preservación de la historia pública, Voices Unheard comparte las experiencias e historia de vida de aquellos que han vivido y trabajado en la mina de Iron King y la fundidora de Humboldt, y en el Área del Aeropuerto Internacional de Tucson, dos de los 36 sitios Superfund en el estado de Arizona.

Los registros de historia oral están abiertos al público a través del sitio web, y serán guardados por el archivo de Colecciones Especiales de la Universidad de Arizona por muchos años. Aun así, Moreno espera algún día convertir estas historias orales en historia pública. Sacar estas historias de un archivo privado y volverlas parte de la comunidad, se estableció como una prioridad desde que ella y la UCAB, sus “investigadores asociados”, como les llama, discutieron el proyecto.

 “Esto se trata de nosotros,” dice Ignacio López en una de las entrevistas de Voices Unheard.

Se estima que decenas de miles de residentes del sur de Tucson han sido afectados por contaminación con TCE en el Área del Aeropuerto Internacional de Tucson. Por décadas, vecinos y activistas comunitarios se han comprometido a largo plazo en demandar la rendición de cuentas y monitorear los resultados de remediación en el agua subterránea.

Desde 1994, el Proyecto de Remediación del Área del Aeropuerto Internacional de Tucson (TARP) ha removido alrededor de 2.7 toneladas de TCE del agua subterránea. Aun así, no hay números precisos sobre el número de fallecidos por la exposición a largo plazo a los contaminantes, o de los ciudadanos que experimentan enfermedades y daños a la salud hasta el día de hoy.

Henry Vega, Tucsoniano y fundador de la Clínica El Pueblo, tiene 14 familiares afectados por cáncer. Algunos han fallecido, incluyendo a su hermana.

“Estábamos perdiendo a personas del barrio por diferentes cánceres, incluyendo lupus,” Vega, de 83 años, comparte con Voices Unheard. “En esa época no podía llevar la cuenta.”

Tras veintiún demandas legales contra Hughes Missile Systems y otros posibles responsables, pocas han resultado en una resolución efectiva que permita el monitoreo médico; menos de la mitad de los posibles afectados recibieron beneficios de las batallas legales.

“Muchas veces tienes enfermedades, pero no te alcanzan hasta después de unos años,” dice Ignacio Gómez, vecino del TIAA, sobreviviente de cáncer, el copresidente con más años de servir en la UCAB y una de las voces preservadas en el proyecto de historia oral de Moreno.

Moreno grabó la historia de 10 residentes del TIAA, quienes han sido afectados de una forma u otra por la contaminación, salvando así experiencias locales de enfermedad y resistencia para las futuras generaciones.

Para Moreno, preservar estas historias personales es preservar la verdad y modificar la historia.

La otra parte del proyecto de Voices Unheard cuenta las historias del sitio superfund en Dewey-Humboldt, al norte de Arizona, donde arsénico, plomo y otros metales han contaminado agua y suelo. La explotación histórica en la mina Iron King, de 1800 a 1960s, dejó un legado tóxico de 4 millones de toneladas de jales. El pueblo de Dewey-Humboldt es, a la fecha, uno de los sitios de mayor riesgo ambiental en Estados Unidos.

Moreno encontró que un enorme porcentaje de los trabajadores en el sitio de Dewey-Humboldt eran mexicanos, pero esto no fue ampliamente reportado ni conocido. A lo largo de sus años de investigación, encontró en los testimonios de historias orales lo que estaba ausente en los archivos gubernamentales.

El proyecto de Moreno conecta a algunos de estos trabajadores al sitio, dándoles voz a quienes no habían sido escuchado. Estas observaciones de injusticia ambiental y desigualdades de salud no son nada menos que racismo ambiental, dice ella.

A la fecha su pueblo, Nogales, continúa presentando casos de enfermedad crónica. Décadas después de que USA Today arrojara luz sobre el problema de contaminación y la EPA interviniera, un estudio médico publicado en 2012 revela que aún se puede encontrar TCE en la leche materna de las residentes.

El compromiso a largo plazo con investigación comunitaria de base y la habilidad de trabajar con una amplia variedad de actores es algo inusual en la academia. Alrededor de 2005 las políticas de financiamiento federal establecieron que, para recibir fondos, todos los programas de investigación en sitios Superfund deben incluir investigación aplicada y proyectos comunitarios.

“Ahora hay un contraste, con los ‘helicopter investigators’,” dice Moreno. La misma clase de investigadores que conoció la en la preparatoria.

“Pocas personas pueden realmente hacer investigación comunitaria de base. Quiero ver quien realmente puede implementar esas técnicas. Va a ser interesante.”

 Haciendo uso de herramientas técnicas, sociales y científicas, Moreno ha trabajado en Tucson y la frontera facilitando colaboración y coordinando aplicación aplicada. A pesar de ello, siente que se ha pasado por alto el rol que tiene como científica ambiental transdisciplinaria. Sabía que debía obtener un doctorado para llevar un rol como Investigadora Principal (PI) de ahí en adelante, dice.

Moreno subraya lo que significa tener un sentido de pertenencia y territorio.

“No hay mucha gente que pueda trabajar (hacer esta clase de investigación) en Nogales,” dice Moreno. “Toma años y años. Requiere pasión.”

“Quiero regresar,” dice. “Yo quiero cambiar quiénes son las personas que realmente están haciendo estos estudios.”